Lectores digitales

Me he acostumbrado a leer la prensa en pantalla, a través de Internet. Los manuales en cambio los prefiero impresos. Saco sólo los capítulos que necesito y los aguanto con una pinza junto al teclado, donde puedo anotarlos y consultarlos sin abrir ni cerrar ventanas en el escritorio. Para la literatura tradicional en cambio prefiero el libro impreso, y mejor si la edición es cuidada, el papel suave y la letra legible. ¿Y para la literatura electrónica…?

Son asuntos diferentes, implican actitudes mentales distintas. Cada medio de publicación aporta soluciones diversas a las necesidades de cada tipo de lector, y pone en manos del autor diferentes herramientas que le ayudan a comunicar mejor su idea.

La prensa digital no es simple volcado de los textos de las respectivas ediciones impresas. Es, sobre todo, rich media. Probablemente sean las aplicaciones comerciales que mejor han sabido aprovechar las experiencias de pioneros y creadores en red. El abanico de posibilidades ha cambiado el modo como seguimos las noticias. Ya no nos conformamos con comprar fielmente nuestro periódico, dirigirnos con él bajo el brazo al velador y desplegarlo como una bandera. Ahora comparamos versiones, participamos en los debates asociados a cada artículo, creamos blogs en nuestros diarios preferidos, nos suscribimos a feeds que mezclan las fuentes hasta el punto de no ser conscientes en muchas ocasiones de qué periódico estamos leyendo; o si leemos una noticia publicada originalmente en un periódico, un foro, una red social o un blog.

La primera escena retrata a un lector fiel, confiado y pasivo, que se arma cada día con los argumentos servidos por la línea editorial de su periódico de cabecera. La segunda, a un lector necesariamente crítico que ha aprendido a cuestionar sus fuentes, que aporta información, datos o interpretaciones a la noticia.

Quienes tengan edad y lleven tiempo desenvolviéndose en la red, que comparen cómo siguieron estas noticias: 23F, 11S, 11M. Oyendo música militar en la radio mientras aparecía, sólo en las capitales, aquella famosa edición de tarde de El País; consultando los diarios estadounidenses, actualizados minuto a minuto, con la radio encendida y las escenas del desastre repitiéndose en un bucle sin fin; contrastando la versión oficial con las informaciones que la contradecían, difundiendo la evidencia del engaño en los medios participativos o convocando a los más allegados (pásalo).

La evolución del lector de prensa ha sido asombrosa al amparo de los nuevos medios.

La literatura en cambio no ha sido capaz de popularizar sus hallazgos vinculados a lo digital, que los ha habido y relevantes. Los mismos lectores que han asimilado bien la estructura de base de datos hipervinculada en prensa parecen reacios a abandonar la linealidad narrativa en literatura, o a seguir una historia que se desarrolla a lo ancho y a lo largo de diversos medios.

¿Significa que son los lectores de novela, de ensayo, de poesía, más pasivos que los de prensa? ¿Persiste la reverencia al autor a pesar de los esfuerzos de las vanguardias del siglo veinte? O se está perdiendo el lector cualificado, activo, curioso, el que acude al diccionario y subraya páginas, el que entra en diálogo interior con el libro en que se enfrasca.

El último libro de Harry Potter vendió 10 millones de copias el primer día de venta, batiendo un record que correspondía a la anterior entrega de la saga. Ningún otro libro se vendió tanto ese día, ni esa semana, ni ese mes. Y eso sin haber llegado a traducirse. ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué los adultos ya no leen, que todos los chavales del mundo leen exactamente lo mismo al ritmo que se les marca, que el lector medio se infantiliza como ya ha ocurrido con el espectador de cine?

Las cifras hablan de un incremento en el número de lectores, pero ninguna encuesta muestra la calidad de esos lectores. Su capacidad para ir más allá del texto, para pedir más al libro como se pide más al periódico es una incógnita, pero ¿no es ahí, en la literatura, donde se concentran los lectores más capaces? A pesar de las cifras, no veo por qué no pueda existir un número suficiente de lectores que podamos llamar digitales, un público que demande literatura electrónica que vaya más allá del volcado de textos en formato digital.

El lanzamiento del lector de e-books Kindle pretende popularizar el libro digitalizado gracias a la tecnología de tinta electrónica, que reproduce la sensación de leer en papel al eliminar la retroiluminación y aumentar el contraste. Sin embargo, al solventar el problema del cansancio de leer en pantalla agravan otros. Este tipo de dispositivos no reproducen color ni movimiento. Sirven para leer texto digitalizado. Punto.

Probablemente haya que esperar la aparición de un dispositivo más versátil que favorezca el desarrollo y la difusión de las nuevas formas de literatura. Mientras tanto, lo más cercano a una nueva narrativa popular sigue desarrollándose en torno a la industria del videojuego.

Así que habrá que refugiarse en las PSP mientras llega algo más adecuado.

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