Las otras crisis

Quienes creímos al inicio de esta crisis que el desplome del decorado neoliberal iba a dejar al descubierto la tramoya del sistema, pecamos de ingenuos. Demasiado habituados a los efectos especiales de la economía de las burbujas, el grueso de la población del primer mundo parece haber caído en un estado de estupefacción: continúan sentados en sus butacas esperando que vuelva el mago con otro truco, con otro espectáculo de burbujas con el que simular una riqueza ficticia.

Quienes quisimos ver en la emergencia de una actitud de rebeldía globalizada el renacer de la política de base fuimos víctimas de otra ilusión, de una burbuja de otro signo que, transcurridos los meses (y llegado el frío), parece no haber sido capaz de cristalizar en nada ni, peor aún, de conectar con otros actores de la oposición al neoliberalismo.

Por una parte la maquinaria de adoctrinamiento al servicio del sistema (la práctica totalidad de los medios de masas) ha seguido ignorando cualquier crítica que no sea meramente partidista o coyuntural. Ante la mirada de todos han convertido una profunda crisis sistémica en un problema de gestores. Como resultado, en todos los países afectados por la crisis los gobiernos están cambiando de manos, pero no de signo. Donde había socialdemócratas ahora hay conservadores, y viceversa. Pero las políticas económicas permanecen incuestionadas.

Por otra, la mayoría de movimientos ciudadanos en los países occidentales, que consiguieron en sus inicios un alto grado de empatía ciudadana, han ido perdiendo apoyos en cuanto han tratado de definir sus posturas, o han caído en serias contradicciones o disensos internos que los están llevando a la inoperancia.

Como resultado de este doble frente con intereses contrapuestos se están generando algunas líneas de opinión que me parecen preocupantes a corto, pero aún más a largo plazo. El frente mediático las alimenta con consignas simplistas e interesadas; el descontento sin forma las disemina acríticamente.

Resumiéndolas a un titular, serían estas:

  1. La culpa de todo la tienen los políticos y sindicatos, que son todos unos chorizos y unos sinvergüenzas.
  2. Existen numerosas conspiraciones en la sombra encargadas de mantener las cosas como están.
  3. La política ha fracasado. La solución a los males de esta sociedad está en la transformación y superación personal en el ámbito privado.

No tengo claro cuál de las tres líneas me parece más peligrosa, pero sí que las tres están siendo muy difundidas y que, combinadas, están creando un sustrato pseudoideológico que contribuye a enmascarar (aún más) la realidad social, política y económica.

Trataré de exponer por qué me preocupan y qué alternativa les veo.

1: Piove. Porco Governo

Muchos de los lemas, pancartas y mensajes que circulan desde el comienzo de las protestas contra la crisis(1) apuntan a ‘la clase política’ como responsable de todos los males. En ese saco meten a todos los que desempeñan cualquier actividad política, que ha pasado automáticamente a resultar sospechosa. Da igual el partido al que pertenezcan, que hayan tenido o no responsabilidades de gobierno, cuáles hayan sido las posturas defendidas… Es cierto que hay distinciones: los recién llegados, aquellos sin trayectoria política o ideológica conocida gozan de cierto margen de confianza (es el caso de Equo o de UPyD, por ejemplo).

Evidentemente no hubiera sido posible el actual deterioro económico, social y político sin el concurso entusiasta de de nuestros gobernantes. Pero nada conviene más a un mal político que extender la creencia de que ‘todos son iguales’, tanto quienes nos condujeron a esta situación como quienes se opusieron a ella con la fuerza, no lo olvidemos, de los votos recibidos.

Otro grupo que se beneficia de contar con estas oportunas cabezas de turco es el poder económico, fortalecido hasta extremos antisociales gracias a las continuas medidas liberalizadoras de su actividad puestas en marcha desde los años 80.

Resulta curioso observar cómo mientras las actividades y declaraciones de nuestros políticos abren y cierran periódicos y noticieros, la actividad de los consejos de administración de bancos y otras grandes empresas apenas merecen más comentario que el muy sesgado de las páginas salmón. En España la desconfianza indiscriminada hacia el político tiene firmes raíces en el franquismo y el falangismo, nunca erradicados. La pregunta a quienes repiten que los políticos ‘no les representan’ es ¿qué alternativas (viables) proponen?

Al poder económico le interesa interponer al político entre la ira ciudadana y ellos. Al político corrupto o ineficiente el interesa compartir el peso de su mala imagen. Y al ciudadano perezoso le resulta más sencillo desechar el cesto que buscar y apartar las manzanas podridas, las verdes, las maduras, las que le gustan y las que no.

Como resultado los órganos de representación y gobierno democráticos sufren un fuerte desprestigio, no diré que injustificado, pero no igualmente merecido por todos. Que ‘los políticos’ hayan sustituido al terrorismo entre las principales preocupaciones de los españoles, según el CIS, es sintomático. Y también  preocupante. E insostenible en una democracia.

2: La amenaza reptiliana

Otro tipo de mensajes que están circulando insistentemente en la Red y que ha procurado grandes beneficios a cierta prensa es el de aquellos que pretenden haber desvelado una o mil y una conspiraciones globales que involucran a la CIA, el Mossad, la Policía Nacional, el Club Bilderberg, una raza de extraterrestres reptilianos o a Rubalcaba, a quien algunos atribuyen una capacidad de manipulación sobrehumana… ¿reptiliana?

Llama la atención cuántas personas inteligentes están dispuestas a abrazar argumentos imposibles con tal de no aceptar una verdad muy simple: las sociedades humanas albergan una infinita capacidad para la estupidez, la codicia y la crueldad. Para alcanzar el actual grado de desprecio por la vida y el bienestar del prójimo no es necesaria ninguna conspiración. Basta dejar que los instintos más egoístas se desarrollen sin restricción. Las injusticias que padecemos son resultado de las tremendas desigualdades construidas sobre el principio neoliberal de dejar a la codicia campar a sus anchas.

Europa ya conoció otras épocas oscuras y crueles asentadas en la desigualdad. El mundo hoy, más allá de nuestras cómodas fronteras, ya es cruel e inhóspido hasta saciarse. ¿De verdad necesitamos más pruebas de que el estado natural del hombre incluye grandes dosis de egoísmo y crueldad sin necesidad de más ayuda?

 3: Cambia el mundo cambiando tú

Una tercera concepción de la crisis, o más bien de su posible resolución, apunta a la capacidad del individuo para lograr mejoras en el conjunto de la sociedad mediante cambios en su vida y en su entorno inmediato.

Individualistas, humanistas, positivistas y la inagotable legión de autores de libros de autoayuda  contribuyen a extender la confianza en que es posible mejorar sustancialmente la sociedad mediante soluciones de tipo estrictamente personal: si todos mejoramos como seres humanos, la sociedad, integrada por mejores seres humanos, también lo hará.

Lamento no poder ser tan optimista a ese respecto.

Primero, porque dudo que la capacidad de contagio de los buenos hábitos supere al poder de manipulación de la superestructura. Segundo porque no creo que que sea posible operar cambios sociales mediante acciones individuales (no-sociales por definición). Tercero porque estoy seguro de que los beneficiados por el sistema no se dejarán arrebatar sin lucha sus privilegios.

No basta con procurar que nuestro entorno inmediato sea más saludable, que nuestra manera de alimentarnos sea más natural, que nuestra relación con quienes nos rodean sea más sinérgica, que actuemos en positivo evitando antagonismos… Llamadme prosaico, pero ahora mismo la trinchera está en la jornada laboral, el salario mínimo y las condiciones de despido. Y para eso hacen falta leyes, convenios y un marco de relaciones laborales justo y equilibrado.

“La razón de la sinrazón que a mi razón se hace…”

Como toda buena falacia, estas tres líneas de opinión tienen bases ciertas, sólo que están siendo llevadas a extremos interesados y muy manipulados, y que enfocadas con una lógica simplista acaban entrañando más mentira que verdad.

Es indudable que gobiernos y partidos políticos tienen una enorme responsabilidad en el proceso de cesión de poder a la gran empresa y al poder financiero. Sin su concurso entusiasta los Estados no habrían dejado crecer tanto y tan peligrosamente el poder económico, ignorando su propio papel histórico. A sabiendas de lo que hacían, adelgazaron conscientemente su papel para entregar todo el poder a los Consejos de Administración, auténticos señores feudales de un mundo concebido como mercado global.

Pero no lo es menos que en democracia el votante es igualmente responsable. Y también lo es, no lo olvidemos, quien se abstiene.

No podemos tampoco obviar el poder de los lobbys y otras organizaciones, ni su capacidad para anticipar los efectos de sus propuestas. Pero atribuirles un control absoluto sobre gobiernos, políticos y devenires históricos es ignorar una explicación más sencilla: que es el diseño del sistema el que falla. Que no son necesarias constantes intervenciones de fuerzas superpoderosas para encauzar los acontecimientos. Que bastan 30 años de aplicación de un principio económico erróneo pero incuestionado para que se produzcan los resultados que estamos conociendo.

Y sería ingenuo no reconocer la necesaria colaboración de la ciudadanía, fácilmente seducida por años de bonanza económica, cómodamente ciega a las desigualdades hasta que les tocó estar en el lado chungo del listón. Suponer que es posible un cambio significativo y perdurable mediante la transformación individual es ignorar nuestra propia psicología.

¿Entonces, qué?

Lo que parecen no querer aceptar los nuevos apóstoles de la antipolítica, los teóricos de la conspiración y los individualistas es que existen vías eficaces de transformación precisamente en los denostados campos de la política, la cotidianeidad, la participación y lo común.

Quienes abominan de la política pasan por alto que si tan eficaz se ha mostrado en ciertas manos para encaminarnos al atoyadero, igualmente puede serlo para rescatar la justicia social, la solidaridad, la inclusión y la equidad del armario ideológico. Manoseando todavía más la consabida frase, hay que recordar que otra política es posible siempre y cuando comprendamos que otra economía es necesaria. Y que la participación es también una responsabilidad compartida. La exclusión del ciudadano de las instituciones políticas ha sido en buena parte una autoexclusión, y la legítima reivindicación de una democracia más participativa choca con el escaso interés de la mayoría por implicarse y participar. Sólo se atrofian los órganos que no se utilizan.

El resultado en la últimas Elecciones Generales fue sintomático: el PP consiguió mayoría absolutísima sin un aumento significativo de votos. Fue el abandono y dispersión del voto de izquierda y centroizquierda lo que propició el aparente gran giro a la derecha.

¿Pero por qué razón las movilizaciones de claro signo progresista registradas en las calles españolas no encontraron correlato en las instituciones? En parte parecen haber querido hacer efectivo el lema ‘No nos representan’ negándose a poblar las cámaras de quienes pudieran representarles. De los muchos mensajes e ideas, muchas de ellas de gran calado político, el que parece haber arraigado más en la mayoría ha sido, tristemente, el mensaje antipolítico. Era la incógnita del 75% de simpatías hacia el 15M que reflejaban las encuestas: una vez el descontento genérico empezara a definirse en propuestas concretas, ¿qué apoyo real quedaría? A fecha de hoy, la única respuesta que tengo es ‘no el suficiente’. No el suficiente para que cualquier vía al margen de la política institucional pueda tener un efecto significativo. No quiero restar importancia a los ejercicios de democracia de base de los que hemos sido testigos, pero sí desmitificar la capacidad transformadora de esos ejercicios por sí solos, sin buscar la complicidad necesaria de otros actores.

Hace falta demasiado trabajo aún, continuado y a largo plazo, para querer descuidar vías con las que gestionar el corto plazo. Porque la lucha en estos momentos es cuerpo a cuerpo y a cortísimo plazo, por si alguien lo duda. La desconfianza generalizada hacia la actividad política y sindical nos deja inermes en esa lucha. Conseguir instituciones que nos representen pasa hoy por elegir candidatos con los que nos sintamos representados. Por sus ideas, sus acciones, su trayectoria.

Hay que hacer crítica del statu quo, pero también crítica de la crítica para evitar tanto la necesidad de reinventar la rueda a cada paso como la incorporación de elementos esotéricos y asociales al discurso. Por más que nos guste luchar contra gigantes, pimero habrá que comprobar que no se trate de molinos o, peor, de simples espantapájaros. Y convendrá recordar que jamás la clase obrera consiguió nada del individualismo, sino de la unión y de la solidaridad.

Pueden parecer objetivos demasiado mundanos para quienes deciden situar la utopía siempre un paso más allá. Pero jamás llegaremos a puerto alguno sin antes dar, tan juntos y unidos como sea posible, un modesto, insuficiente pero imprescindible primer paso hacia el objetivo común de erradicar el neoliberalismo. Tan modesto como secundar una huelga, tan insuficiente como depositar un voto.

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(1) Hay quien me corregirá: ‘contra el sistema’, o ‘contra los recortes sociales’… pero mi impresión personal es que es más bien contra esta crisis, y que un alto porcentaje de quienes hoy critican el sistema estában muy satisfechos con él antes de la crisis y volverían a estarlo en el muy improbable caso de que recuperásemos el escenario económico de hace 5 o 6 años

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