Seguimos sin pillarlo

Dos noticias sobre autoría en la era digital:

Richard Prince la lía con una exposición de imágenes tomadas de Instagram. Cuando digo tomadas quiero decir seleccionadas de entre las de sus contactos, impresas a gran escala y sobre lienzo, y puestas a la venta a precios de Richard Prince (rondando los 100.000 $).

La selección no tiene nada de particular, es la típica colección de imágenes que se hacen rápidamente populares en la red: chicas monas en actitudes sugerentes. La única intervención de Prince en el asunto parecen ser sus comentarios a las fotos, por lo general frases muy breves y bastante crípticas.

© Richard Prince. Courtesy Gagosian Gallery. Photography by Robert McKeever.

Algunos de los autores de esas imágenes se han mosqueado bastante porque el artista se esté embolsando semejante pasta a costa de su trabajo. Otros, como Missy Suicide (del colectivo gótico-erótico Suicide Girls), han puesto a la venta sus propias reproducciones a una milésima parte del precio que cobra Prince, que califica la decisión de Missy como inteligente. De hecho, es una relación de mutuo beneficio: si una puede vender sus reproducciones a 90$ la pieza es porque el otro firma originales idénticos a 90.000.

En todo esto se pierde que, de las labores del artista, la que confiere valor monetario a la obras es firmar el certificado de autenticidad. Punto. El mercado del arte es un territorio altamente especulativo y su mercancía real es el estatus. Desde ese punto de vista no hay demasiada diferencia entre esta y otras obras del mismo artista, que siempre ha lidiado con la apropiación de imágenes ajenas.

Por otro lado el joven artista holandés Florentijn Hofman se ha mosqueado tela porque un festival náutico al que vendió licenció una obra suya el pasado año ha vuelto a exponerla este sin su permiso. La obra consiste en un gigantesco patito de goma inflable. Al parecer la participación del artista en el diseño se limita a esquemas e instrucciones no técnicas, es decir, el cliente se tiene que buscar las habichuelas para diseñar y fabricar el pato, que no es otra cosa que una reproducción del patito de goma universal que estamos hartos de ver. Sí, el de Epi y Blas.

Aquí el joven Hofman no sé si se adentra o deshace el camino del veterano Prince, al apropiarse no sólo del diseño formal de un popular juguete sino del derecho a exponerlo. Su aportación: el cambio de escala (no sé si las intervenciones artísticas de cambio de escala deberían pagar licencia a Claes Oldenburg) y un discurso justificativo en mi opinión bastante pueril.

En la diferencia entre vender y licenciar hay un cambio absolutamente coherente con el funcionamiento del mercado actual del arte, siempre atento a nuevos modos de convertir en dinero todo lo que toca.

La licencia es, por supuesto, aportación del mercado de lo inmaterial replicable, en especial del software y otros productos culturales. Es el modo en que la industria consigue cobrarnos varias veces por una misma cosa, a veces de forma abusiva. Y estamos viendo cómo ese modelo de intercambio se empieza a introducir en nuevas áreas: no pagas un precio unitario por un producto de software, sino una licencia anual o mensual por usarlo. Incluso hemos leído el concepto aplicado a los bienes muebles: algún fabricante (lo siento, no recuerdo quién) no considera que el precio de determinados coches confiera a quien lo paga la propiedad del mismo, sino sólo una licencia de uso, cargándose de paso la metáfora clásica empleada para justificar el software libre como opción ética.

En ese sentido parece que si el arte fracasa en ayudarnos a comprender el mundo en que vivimos (lo siento, Hofman, no te pillo), al menos la forma de sacarle plusvalías sí lo hará.

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