De chico era más o menos frecuente que en casa viéramos algún combate de boxeo en la TV. No era aún un deporte tan estigmatizado como hoy y lo emitían a horas en las que aún estaba despierto. Por lo general me aburrían bastante, pero me encantaba la parafernalia. El ring iluminado, el árbitro con la pajarita cantando los nombres y pesos de los púgiles, la ceremonia de los guantes, el ¡ding! urgente de la campana… Vamos, que me gustaba todo menos el combate. No por razones morales, que vivíamos tiempos de incorrección política, sino porque me parecían largos y aburridos. Por eso y porque, como en todo deporte de competición, me daba igual quién ganara. Es un defecto de mi carácter que me ha impedido disfrutar de placeres tan comunes como ser del Logroñés cabalmente o meterme con los del Madrí con odio auténtico. También me fue alejando del boxeo cada vez más, ya se sabe que la fascinación tiene la vida más corta que el aburrimiento.