Quiebra moral de la economía de mercado · ELPAÍS.com

La caída del muro de Berlín y del socialismo jugó un papel decisivo. Paradójicamente, no solo dejó huérfano de fundamento ético al socialismo, sino también al capitalismo. La vieja ideología calvinista, basada en la ética del esfuerzo y la responsabilidad individual, dejó paso a una nueva ideología donde la retórica de las “leyes impersonales del libre mercado” impediría juzgar la conducta de los actores desde una perspectiva moral. Es decir, la lógica del mercado haría desaparecer el libre albedrío y, por tanto, la responsabilidad individual. La economía quedaría así liberada de fundamentos éticos.

Esta falacia dio carta de naturaleza al “nuevo héroe” del capitalismo. Un personaje amoral, desacomplejado, libre de cualquier tipo de cortapisas, que lo quiere todo y ahora, que busca maximizar el valor de la acción y su rentabilidad inmediata, y no a la creación de valor económico a largo plazo. Además, se beneficia del paraguas del llamado “riesgo moral”: sabe que las consecuencias negativas de sus acciones no las pagará él, sino la sociedad que vendrá a su rescate.

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Pero si la política no recobra su autonomía frente a los mercados financieros, y la sociedad no es capaz de manifestar su indignación ante estas conductas, no habrá límites eficaces a la economía especulativa, a la volatilidad financiera y a la desigualdad.

De ser así, el mayor riesgo de la próxima década será la creciente ingobernabilidad de nuestras sociedades democráticas. Algunas señales apuntan ya en esa dirección.

vía [Enlace bloqueado por la Tasa española AEDE].

Máquinas célibes

Antonio Lafuente comparte en Twitter varios enlaces que no me resisto a comentar.

Este es el primero:

Pitagoric Switch

Son fragmentos de Pitagoric Switch, un programa para niños de la televisión japonesa. Consiste en la construcción de complicados dispositivos que tienen como única función mostrar el nombre del programa después de una larga cadena de sucesos mecánicos.

Der Lauf der Dinge

Estos otros tres muestran los 30 minutos de la película Der Lauf Der Dinge, filmada por los artistas Peter Fischli y David Weiss en 1987 y que en España pudimos ver en el Pabellón Suizo de la Expo 92 (uno de los más arriesgados e interesantes de toda la Expo, presidido por el lema Suiza no existe).

Como se ve, también una larga serie de sucesos físicos, químicos y mecánicos sin fin y sin propósito, dispuestos con minuciosa exactitud y filmados con cierto sentido del suspense. Los americanos llaman a estas construcciones máquinas de Rube Goldberg, el humorista en el que se basó Sabatés para sus Inventos del Profesor Franz de Copenhage.

Añado yo este otro video que probablemente os suene

Cog, anuncio de Weiden+Kennedy para Honda

Por ese anuncio Honda y los autores de Der Lauf der Dinge anduvieron pleiteando debido a las evidentes similitudes, pero lo cierto es que ambos, como los inventos del TBO, como las máquinas del personaje de Goldberg, el profesor Lucifer Gorgonzola Butts, como las conexiones pitagóricas de la TV japonesa forman parte de una tradición humorística que se ríe de la técnica (y de la ciencia) y que en arte ha conocido muchos más ejemplos, el más importante de ellos el Gran Vidrio de Marcel Duchamp. Pero también Homage a New York, la máquina autodestructiva de Jean Tinguely; o Cloaca, de Wim Delvoye, una reconstrucción técnica del sistema digestivo humano (una máquina que procesa alimentos para producir heces).

El Gran Vidrio es descrito por Duchamp como una máquina célibe, es decir inútil, que no produce nada y que sin embargo se autosatisface: genera su propia energía a partir de su incapacidad de producir nada. Es un sistema entrópico, que consume energía y no ofrece nada a cambio y por tanto es inviable. Duchamp concibió su obra como una denuncia radical del papel del arte, convertido en objeto que se autojustifica masturbatoriamente. Otros artistas se referían de manera más amplia al funcionamiento absurdo de la sociedad capitalista, toda ella una enorme máquina célibe que emplea ingentes cantidades de energía en producir la ilusión de que funciona.

Precisamente lo curioso, y lo irritante, del anuncio de Honda no es la excesiva similitud con esta larga tradición de máquinas que ironizan sobre la máquina, sino el modo como se apropia de esa tradición para invertir su mensaje. Isn’t it nice when things just… work? (¿No es agradable cuando las cosas simplemente… funcionan?) pregunta el anuncio al final.

Y sí, sería agradable, pero es que las cosas no funcionan con esa fluidez. Todo está filmado en un solo plano. No hay imágenes digitales ni cortes en el anuncio. Toda la secuencia transcurrió tal como la vemos, pero hay cosas que se nos ocultan. Por ejemplo que para las cosas simplemente funcionasen hubo que intentarlo 606 veces. Las 605 anteriores… no funcionaron. Seis millones de dólares, dos Honda Accord desmontados y tres meses de rodaje consiguen darnos la sensación de que las cosas (el sistema, la técnica, la industria automovilística, la publicidad, el mercado, el sistema financiero, el neoliberalismo globalizado…) tienden a funcionar, cuando lo cierto es precisamente lo contario.

Es lo que está quedando estrepitosamente al descubierto estos días. Que el andamiaje (financiero) que hemos levantado para apuntalar la estructura (mercantil) se ha vuelto tan pesado que está resquebrajando los cimientos (productivos). No es el momento de disimularlo, sino de ponerlo en evicencia.

¿A quién corresponderá esa tarea…?